Tu cachorro llega a casa y tú sientes esa ilusión.
Ilusión por compartir la vida juntos y disfrutar.
Pero llega la realidad.
Llega esa bola peluda que no para de morderlo todo, que salta sobre la gente o no quiere andar, que llora con que te vayas al baño.
Entonces empiezas a buscar información.
Pero te das cuenta que en cada lugar encuentras algo diferente.
Y en vez de tener más claridad, te genera más inseguridad y caos sobre cómo educar a tu cachorro con respeto…
Y para rematar, las conductas no mejoran, incluso parecen empeorar.
Te vuelcas en él con tanta preocupación que llega el cansancio, la frustración y con ella la culpa.



